enero 20, 2026
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Hay momentos en los que una historia parece emerger de entre relámpagos, de nubes oscuras, de lluvias que no cesan. Mary Shelley nació en ese umbral: en un tiempo de revoluciones políticas, de esperanzas ilustradas, de pasiones desbordadas, de pérdidas profundas. Este artículo mira esa vida y esa obra, no solo para entender Frankenstein, sino para encontrar los hilos que conectan lo humano con lo monstruoso, lo temido con lo maravilloso. Aquí no solo seguimos su biografía: penetramos en la alquimia literaria donde Shelley inventó un monstruo y, al hacerlo, puso al descubierto al creador, la soledad, el deseo de trascender los límites.

Boris Karloff caracterizado como el Monstruo de Frankenstein, 1935.

Vida temprana: raíces en la utopía y la angustia (1797-1816)

Mary Wollstonecraft Godwin nació el 30 de agosto de 1797, en Londres. Era hija de dos figuras insignes: su madre, Mary Wollstonecraft, autora de A Vindication of the Rights of Woman (1792), y su padre, William Godwin, filósofo político radical. Pero apenas unos días después de su nacimiento, Mary Wollstonecraft murió a causa de complicaciones del parto, dejando a la niña marcada por la ausencia.

Mary creció en una casa intelectualmente vibrante, mitad refugio de ideas utópicas, mitad herrería del dolor. Conoció desde niña el radicalismo político, la poesía, la literatura de viaje, los debates sobre derechos, sobre ciencia, sobre la condición de la mujer. Aprendió pronto que el mundo no era amable, pero que en lo inhóspito también se incuban las historias más poderosas.

En 1814, con apenas dieciséis años, Mary huyó con Percy Bysshe Shelley, el poeta más joven pero ya reputado, dejando atrás un mundo rígido. Este exilio sentimental sería el preludio de tormentas: escasez, embarazo, críticas, pérdidas.

Frontispicio de Frankenstein, edición revisada 1831.

El verano sin verano, la chispa de Frankenstein (1816-1818)

El año 1816 es legendario: Mary, Percy Shelley y Claire Clairmont viajaron a Suiza y se quedaron junto al lago Ginebra, en una época en que el volcán Tambora provocaba un “año sin verano”. Las lluvias constantes, el clima sombrío y las conversaciones nocturnas con Lord Byron inspiraron el germen de Frankenstein.

Fue en esa atmósfera de encierro, de naturaleza revoltosa y filosofía radical, que Mary concibió la idea de un científico que da vida a lo muerto, que desafía al orden natural, y cuyo monstruo no es solo criatura sino espejo de sus propias angustias. Completó Frankenstein; or, The Modern Prometheus alrededor de abril-mayo de 1817, y se publicó en Londres el 1 de enero de 1818 por una editorial pequeña. La edición inicial era anónima; el nombre de Mary como autora aparecería posteriormente.

Obras clave después del monstruo: viajes, plagas, política y pérdidas (1818-1837)

Aunque Frankenstein la consagró, Mary Shelley siguió explorando terrenos aún menos transitados.

  • History of a Six Weeks’ Tour (1817): viaje con Percy Shelley por Europa. Este volumen de diario y cartas, publicado en noviembre de 1817, ofrece ya vislumbres del mundo real mezclándose con lo sublime y lo inquietante.

  • Valperga; or, The Life and Adventures of Castruccio, Prince of Lucca (1823): novela histórica que examina la lucha entre poder político y libertad personal.

  • The Last Man (1826): visión postapocalíptica de la destrucción de la humanidad por peste, un texto avanzado para su época, que configura la soledad humana frente al desastre global.

  • Otras obras como Lodore (1835) o Falkner (1837) mantienen la exploración de temas sociales, femeninos, éticos, mezclando el dolor, la responsabilidad y la esperanza con una mirada crítica hacia la sociedad de su tiempo.

Durante estos años la vida de Mary fue sacudida: muerte de hijos, muerte de Percy Shelley en 1822 (él murió ahogado), supremacía de la viudez, encargos de edición del legado de Percy, encargos literarios difíciles, precariedad económica. Todo eso permea sus escritos: la fragilidad de la vida, la culpa, el abandono, la memoria como tormento.

Frankenstein: monstruo, ética y creación

Frankenstein es mucho más que un mito de terror. Es una meditación sobre la creación, la ciencia, la responsabilidad. El Dr. Victor Frankenstein da vida a un ser compuesto de restos de cadáveres, pero no prevé lo que su criatura necesita: afecto, aceptación, identidad. El rechazo, el aislamiento, el odio mutuo se convierten en ciclo. El monstruo, aunque espantoso físicamente, despierta compasión: no nació malvado, sino herido.

Mary Shelley también juega con la estructura narrativa: cartas dentro de relatos, múltiples puntos de vista (el capitán Walton, Frankenstein, la criatura), lo que añade capas de empatía, culpa, reconocimiento del otro. Las revisiones que hizo en las ediciones de 1831 amplían reflexiones morales sobre ciencia, agregan comentarios más explícitos sobre electricidad, galvanismo, moralidad, responsabilidad del creador.

Temas recurrentes: pérdida, creación y distopía

Estos son algunos de los temas que atraviesan casi toda su obra:

  • Pérdida: la muerte de seres queridos, pérdidas infantiles, muertes tempranas y la sombra de la madre que nunca conoció.
  • Creación versus abandono: ya en Frankenstein, pero también en la manera en que Mary aborda la maternidad, el cuidado, la creatividad literaria.
  • Aislamiento y soledad: tanto físico como espiritual; personajes enfrentados a la incomprensión, o incluso a la destrucción del entorno.
  • Visiones distópicas: como en The Last Man, anticipando futuros de catástrofe, epidemias, fin de civilizaciones.

Legado: resonancias hasta hoy

Mary Shelley ha sido reconocida no solo como autora de un clásico, sino como pionera de varios géneros:

  • En cierto modo, de la ciencia ficción, con Frankenstein antecediendo debates actuales sobre bioética, creación artificial y límites de la ciencia.
  • En la fantasía oscura, literatura gótica, narrativa apocalíptica.
  • Ha inspirado generaciones de escritoras feministas, que encuentran en su obra un modelo de cómo narrar desde la vulnerabilidad, la pérdida, el poder femenino.
  • En adaptaciones innumerables en cine, teatro, cómic, cultura popular: Frankenstein como monstruo físico, como idea, como símbolo de lo que somos capaces de crear y abandonar.

Epílogo

Cierro este recorrido con una imagen: imagina Mary Shelley en una habitación oscura, la llama de una vela danzando contra la pared, la tormenta afuera, el viento colándose por la ventana. Mary escucha el latido del mundo, sus secretos, sus castigos. Y piensa: “¿Qué somos sino creadores de sombras? ¿Y qué monstruo despierta en nosotros al intentar desafiar el orden natural?”

Su obra nos mira desde el abismo del tiempo: aquellas páginas amarillas, aquellas escenas de destrucción, aquel monstruo que huye porque no es aceptado, nos interpelan ahora, en un presente donde la ciencia, la ética y la identidad siguen refractándose en espejos rotos.

Mary Shelley murió el 1 de febrero de 1851 en Londres, pero sus ideas siguen vivas: el monstruo camina entre nosotros, cada experimento humano extremo, cada abandono de lo que creamos lamenta su nombre. Porque Frankenstein no es solo ficción: es advertencia, elegía, grito.

El monstruo de Frankenstein ilustrado por el fantástico Bernie Wrightson.

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