Francisco de Goya (1746–1828), más allá de ser un puente entre el retrato académico y la modernidad, vivió una experiencia emocional y física profundamente transformadora. Una enfermedad grave en 1792–93, que lo dejó sordo y afectó su visión y equilibrio, marcó un antes y un después en su vida, su arte y su mundo interior. A través del sufrimiento, Goya encontró una voz aún más sincera y poderosa. Este artículo profundiza en ese proceso, con una amplitud inédita, combinando contexto histórico, análisis artístico y testimonios personales.
La enfermedad y sus consecuencias
En 1792, mientras viajaba por Andalucía, Goya cayó gravemente enfermo con síntomas que incluían sordera completa, vértigos, debilidad, alucinaciones, y dificultades visuales que persistieron al menos hasta 1793. Estas secuelas físicas lo aislaron del entorno, restringieron su vida social, y lo enfrentaron a sus propios demonios interiores.
Un estudio resume con precisión:
“la sordera permaneció inalterada… su carácter se volvió más retirado e introspectivo y volcó toda su vitalidad en la pintura” PubMed.
Este aislamiento (físico, mental y social) sirvió como detonante de un nuevo lenguaje visual, menos centrado en la apariencia y más en la emoción, lo grotesco y lo simbólico.
Correspondencia: síntomas y creatividad
El vínculo epistolar con su amigo de la infancia Martín Zapater nos ofrece vislumbres íntimos de su lucha. En una carta de agosto de 1794, Goya reconoce:
“Solamente me sobra la voluntad”.
Ese reconocimiento de la fuerza interior en medio del deterioro físico explica en parte el nacimiento creativo de los Caprichos. Como reflexiona el comisario Víctor Nieto:
“…los Caprichos fueron creados ‘para ocupar mi imaginación mortificada por mis padecimientos”.




La enfermedad no solo le quitó la audición, le regaló otra visión, más cruda y radical.
Obras clave del sufrimiento interior
Prison Interior (1793–94)
Pintado en el mismo periodo, este lienzo retrata una prisión bañada en luz fría y densa, casi purgatorial, donde los reclusos parecen olvidados por el mundo. Goya, quien temía perder la cordura, ve en estas escenas un espejo de su angustia interna.

La casa de locos (1812–19)
En esta pintura claustrofóbica, figuras grotescas se mueven bajo una luz represora; algunos aparecen con atributos del clero o autoridades militares, como crítica corrosiva del poder y del tratamiento de la locura

Goya comentó al respecto:
“He conseguido hacer observaciones para las que normalmente no hay oportunidad en obras por encargo”.
Gratitud humana: Autorretrato con el Dr. Arrieta
En 1819, Goya sufrió un segundo grave episodio. En agradecimiento a la atención del Dr. Arrieta, pintó su famoso Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820). La inscripción reza:
“…por el acierto y esmero con que le salvó la vida durante la aguda y peligrosa enfermedad que padeció…”

Este retrato rompe con su habitual pesimismo: la luz, la ternura del doctor, la experiencia empática, lo convierten en una especie de exvoto laico. Más allá del gesto piadoso, es un símbolo de esperanza emergida del sufrimiento.
Oscuridad final: Las Pinturas Negras
Ya retirado en la Quinta del Sordo, Goya pintó murales directamente en las paredes: rostros achatados, sombras brutales, brujas, Saturno devorando a su hijo—manifestaciones de su visión más oscura sobre la humanidad. Estas figuras son producto de una mirada sin filtros, nacida del aislamiento, la lucidez y el desencanto final.




Como explica un artículo reciente:
“Goya transitó de entender la pintura como profesión a concebirla como medio de autoexpresión, del estado mental y la conciencia” .
Desde los Caprichos hasta las Negras, su obra es un diario doliente, visceral y sin concesiones.
Contexto histórico y psicológico
Goya vivió bajo tres monarcas y en medio de revoluciones, invasiones y represión política. La sordera pudo haberle dado una ventaja diplomática, evitando el ruido cortesano y permitiéndole mantener su posición. Al mismo tiempo, los horrores de la Guerra Peninsular lo impactaron profundamente, dando origen a series como Los Disparates o Los Desastres de la Guerra.

El dolor no lo destruyó: lo transformó. Su arte pasó de decorar salones reales a desnudar el alma humana.
Conclusión
La enfermedad de Goya, con su sordera y malestar crónico, no fue solo una carga, sino la chispa que rompió su arte. El aislamiento físico se convirtió en rebelión creativa. Desde los Caprichos y las obras de crítica social hasta el exvoto de gratitud y los murales del horror, su recorrido artístico es el viaje de un hombre hacia lo más profundo de la experiencia humana.
Goya es, sin duda, un testamento de que la fragilidad puede ser la fuerza más poderosa.
